DOMINGO DE RAMOS

Domingo de Ramos (Ciclo B) Mc 14, 1-15, 47  La pasión y muerte de Jesús   

Carlos Cardó SJ

descarga (4)La liturgia de hoy, Domingo de Ramos, nos ofrece juntos el triunfo de Jesús y su pasión. Con los niños hebreos y la multitud de Jerusalén, llevando ramas de olivo, salimos al encuentro del Señor y lo aclamamos como rey salvador: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”. Admira el modo como Jesús asume su condición de rey: la humildad pacífica que le lleva a entrar en la ciudad montado sobre un burrito. Su grandeza no se manifiesta en el dominio y la fuerza, sino en el servicio y la entrega de su vida. Su 1269791350_g_0reino no es de este mundo.

La Pasión según San Marcos es un relato “denso” con una fuerte carga existencial. No es una fría declaración de principios y verdades sino una narración viva del misterio de la vida, pasión y muerte de Jesús. Es la historia de su fidelidad hasta la muerte, de su confianza total en Dios, de su solidaridad con la humanidad sufriente. Las tres lecturas de hoy (Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11 y Mc 14, 1-17, 47) nos hacen ver cómo se identifica Dios con la humanidad dolorida, la de antes, la de entonces y la de  ahora.

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El Siervo de Yahvé, probado en el sufrimiento, es capaz de decir una palabra alentadora al cansado (Isaías 50, 4)porque participa de su dolor. El Siervo de Yahvé es figura de Jesús, que al compartir nuestros dolores hasta entregar su vida por nosotros, nos da la prueba máxima de su amor por nosotros; “haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre;  se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,7-8) “Por eso Dios lo levantó sobre todo”. 

images (3)Hoy iniciamos la Semana Santa. Recorreremos el mismo camino de Jesús, de dolor, amor y gloria. La muerte en cruz es camino de victoria. Celebramos la Pascua, el triunfo del amor con que Dios nos amó. Sin embargo, constatamos que la Semana Santa se convierte para  muchos en semana de vacaciones… Por más que aquí y en muchas parroquias hay en estas fechas diversos actos que ayudan a vivir el significado de estos días: oficios santos, adoración, vía crucis… Son días para meditar. Es muy provechoso hacer una lectura pausada de los textos litúrgicos de estos días o de alguno de los relatos de la pasión.

Celebrar la Semana Santa es creer que Dios en Jesús con infinito amor ama a todos sus hijos e hijas, a los que vienen estos días a la iglesia y a los que no acudirán a ella. Todos caben en su corazón. Es también agradecimiento por el amor «increíble» de Dios y deseo de vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.

 

 

IV Domingo de Cuaresma (Ciclo B) Jn 3,14-21    Tanto amó Dios al mundo   P

P.Carlos Cardó SJ

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Es el mensaje central del evangelio, el núcleo central de nuestra fe. Dios ama al mundo de manera irrevocable, incondicional y desinteresada. Salido bueno de las manos del Creador, el mundo se volvió un planeta maltrecho y enfermo. Pero Dios no deja de amarlo. Dios no cambia porque el hombre cambie. Dios no odia nada de lo que ha creado, pues si algo odiase, ¿para qué lo habría creado? (cf. Sab 11). Por eso, llegada el tiempo determinado por él, envió Dios al mundo, como muestra de su amor extremado, el regalo de su propio Hijo.

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El diálogo de Jesús con Nicodemo explica el significado de la entrega del Hijo de Dios al mundo como la respuesta de Dios, y del mismo Hijo de Dios, al pecado de la humanidad. Quien cree y confía en esto, da sentido de eternidad a la vida y fundamenta su esperanza sobre su propio destino y sobre el futuro del mundo.

Las preguntas fundamentales sobre el sentido y futuro de la existencia humana se las plantearon también, a su modo, los israelitas a lo largo de su historia, sobre todo cuando atravesaban alguna crisis que ponía en riesgo sus vidas o la vida del pueblo como nación. Se las plantearon en su marcha por el desierto, en particular cuando se vieron atacados por serpientes que los mordían (Núm 21). Dios mandó a Moisés levantar una serpiente de bronce en lo alto de un mástil; quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Sólo de lo alto puede venir la seguridad última de la vida, sólo alzando su mirada a lo alto puede el hombre triunfar de sus dificultades y crisis. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre (Jn 3,14).

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Jesús fue levantado a lo alto de una cruz. Para una mirada exterior, aquello fue la ejecución de un simple condenado, un hecho irrelevante para la marcha de la historia. Pero el evangelio nos hace ver el sentido profundo de aquel hecho histórico. El Crucificado no es un pobre judío fracasado que muere cargado de oprobios. Con él está Dios, garantizando su total inocencia y la verdad de su causa. Un  centurión  pagano ve en aquella muerte lo que los expertos en Dios que las han causado no ven: Sin duda este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,38).

Los evangelios, pues, nos hacen ver que la pasión y muerte de Jesús no son sólo un asesinato político-religioso que, en cuanto tal, no habría tenido mayor importancia en el destino de la humanidad, sino el momento supremo en que se pone de manifiesto la relación que hay entre Jesús y Dios, la prueba de que Dios está en él. Es Dios quien lo ha enviado y lo ha entregado (Mc 14,41; 10,33.45) para demostrar hasta dónde llega su amor al mundo. Jesús, por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y entrega libremente su vida, revelando así hasta dónde llega su entrega por nosotros.

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Más aún, los evangelios nos hacen ver en la muerte de Jesús la revelación suprema de Dios mismo, como un Dios de infinita misericordia y perdón. Según la idea de Dios que se tenía entonces, basada en algunos escritos del AT, a consecuencia de la muerte de un inocente como Jesús sólo podía esperarse un castigo divino contra el autor de tal crimen, en este caso, el pueblo judío movido por sus autoridades (Mt 21,23-46). Pero el Dios de Jesús no actúa así. Israel, su pueblo lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo misericordia y perdón, en virtud de la sangre de su Hijo, que sufre y muere por los pecadores, en lugar de ellos, como consecuencia del pecado que, de por sí, tendría que afectar a los pecadores que lo cometen. Así, frente a la idea de que Dios castiga, el cristiano sabe que Dios amó tanto al mundo que llevó su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo único, para que ninguna criatura suya en el mundo perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Por su parte, Jesús, el Hijo, en perfecta sintonía con el proyecto de Dios su Padre, está dispuesto igualmente a legar hasta donde haga falta para vencer el mal del mundo y el pecado de los hombres con su amor. Por eso Jesús, entra libremente su pasión y acepta sufrir en su cuerpo la dolorosa consecuencia del rechazo de Dios, todo el odio y la injusticia que el pecado del mundo produce. Por eso dirá: “El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45). “El Padre me ama porque yo doy mi vida para recuperarla. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad Y tengo poder para darla y para recuperarla. Esta es la misión que recibí de mi Padre” (Jn 10,17-18). Jesús hace suyo el don que hace el Padre al mundo, el don de su propia vida entregada.

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Esto es lo que contemplamos: Levantado en la cruz, vemos a un Dios que quiere salvar a todos, sin excluir a nadie, ni siquiera al más abandonado y perdido de sus hijos. Dios quiere salvar al mundo, por maltrecho, desordenado e ingrato que se haya vuelto. El mundo no está solo, no hace solo su viaje por el tiempo, dejado a su propia suerte. Y nadie, por perdido que esté y abandonado, morirá solo en la tierra. Dios llena desde dentro toda soledad y abandono, toda falta de esperanza, con una presencia que comparte el sufrimiento con un amor que convierte la oscuridad de la muerte en aurora de vida. El amor vence al odio, el bien triunfa sobre el mal, el perdón redime y reconstruye.

 

 

 

 

III Domingo de Cuaresma (Ciclo B) Jn 2, 13-25    Jesús y el templo  … Carlos Cardó SJ

El templo era el principal lugar del culto judío, que tenía como centro la celebración de anual de la Pascua con el sacrificio del cordero. Miles de corderos se inmolaban en el atrio del templo; se quemaba la grasa y la carne se dividía: una parte se llevaba a las casas para la comida pascual y otra se destinaba al santuario para ser vendida por los sacerdotes. Además, como los corderos tenían que ser puros, el templo garantizaba su pureza suministrando sus propios animales a un precio más caro. Aparte de esto, todo israelita tenía que pagar al templo un impuesto de medio siclo de plata (Neh 10,33-35; Mt 17,23.24) en moneda nacional, no extranjera (considerada impura), para lo cual se montaron mesas de cambistas. Con el correr del tiempo, el templo se enriqueció: tenía campos, rebaños, carnicerías, curtiembres y talleres de hilados y confecciones de lana, con cientos de trabajadores. Llegó a ser una poderosa empresa administrada por los sacerdotes, que amasaron grandes fortunas con aquel negocio sucio.

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Nadie criticaba esa corrupción: ni los nacionalistas celotes que veían el templo como el símbolo de la nación; ni los fariseos que exigían el cumplimiento de las leyes, ni los intelectuales escribas que las interpretaban, ni los ricos saduceos que se habían apoderado de la función sacerdotal. Jesús no se deja impresionar por la riqueza y poder de aquella institución. Su conciencia crítica lo lleva a desenmascarar aquella perversión. Su gesto no es un simple arrebato de ira, sino que expresa la actitud valiente de los grandes profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la defensa de la verdadera religión. Expulsando a los mercaderes, Jesús reprueba aquella corrupción abominable que consiste en usar la religión para obtener ganancias y oprimir a la gente. El templo, el mundo de lo religioso, no puede dividir a la gente, generando privilegios y poderes indefendibles.

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El gesto de Jesús va acompañado de un anuncio: Destruyan el templo y en tres días lo construiré. Los judíos, tomando la frase al pie de la letra y aplicándola al templo de piedra, la usarán como la acusación formal para conseguir la sentencia de muerte contra Jesús. Los discípulos, por su parte, sólo la entenderán en la mañana de Pascua. Se acordaron de lo que había dicho, y creyeron…, es decir, que el edificio del templo podía caer (como de hecho ocurrió con la destrucción de Jerusalén por las tropas de Tito el año 70), pero que el cuerpo de Jesús, destruido en la cruz por el pecado del mundo, sería resucitado y levantado a lo alto por Dios, como el templo nuevo de su presencia continua en su pueblo, el santuario de la adoración en espíritu y en verdad (de que habló Jesús a la Samaritana – cf.  Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”.

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Así mismo, el templo de Dios somos nosotros también. ¿No saben –dice san Pablo- que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo y ese templo son ustedes (1 Cor 3,16). El mismo Pablo considera la vida cristiana como una construcción, cuya piedra fundamental es Cristo, que crece hasta formar un templo consagrado al Señor, del que formamos parte por medio del Espíritu (Cf. Ef 2,19-22) para ser morada de Dios. 

El pecado y el mal de este mundo destruyen el templo santo que es la persona humana. Con nuestros desórdenes personales, llenamos el templo que somos nosotros con otros dioses, objetos de nuestro interés, que son indignos del lugar santo; convertimos nuestro templo en un lugar de comercio. El Señor viene y limpia, recupera y rehace.

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San Pedro en su primera carta da un contenido comunitario a la imagen del templo y dice: ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. En él, la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios. En este templo, además, todos somos necesarios, como son necesarias todas las piedras del edificio. Formamos una unidad por encima de raza, lengua, o nación. No hay poderes sino servicios diversos, carismas y dones que Dios distribuye para que actúen en comunión y se pongan a disposición de los demás, a fin de constituir un cuerpo en el que no haya ninguna división.

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I Domingo de Cuaresma (Ciclo B) Mc 9, 2-13      La transfiguración  Carlos Cardó SJ

En el camino a Jerusalén, Jesús intenta hacerles comprender a sus apóstoles el significado de su entrega. Pero ellos no lo comprendieron porque esperaban otro tipo de Mesías y no podían concebir que su Maestro terminara en una cruz. Ahora Jesús quiere fortalecerles su fe, para que sepan asumir el escándalo de su pasión.

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Dice el evangelio que Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a solas a un monte. Son los mismos tres que “tomará consigo” en el momento más dramático de su pasión, en el huerto de Getsemaní (Mc 14,32-43). Ahora serán testigos de una vivencia deslumbradora: la percepción de su gloria de Hijo único del Padre lleno de amor y lealtad. Hay un paralelismo antitético entre el pasaje de la Transfiguración y el de Getsemaní. Más tarde, a la luz de la resurrección, comprenderán que el Jesús transfigurado del monte es el mismo Mesías que salva en la cruz.

En el Antiguo Testamento Dios se comunicaba a través de elementos naturales como el monte, la nube y la luz. En la transfiguración, en cambio, es la naturaleza humana de Jesús la que aparece a la luz de Dios. Ya no es Dios que desciende, sino el hombre que asciende y participa de la gloria de Dios, porque Dios se ha hecho hombre.

¿Qué ocurre en la transfiguración? Los discípulos, de forma inesperada, ven que se les revela una indescriptible dimensión oculta de Jesús. Y se quedan sin palabra, incapaces de expresar lo experimentado. Sólo atinan a decir que sus vestidos se volvieron  tan resplandecientes, que ningún lavandero sería capaz de blanquearlos.Ante el misterio de Dios, oculto en la persona de Jesús, la palabra  más elocuente es el silencio.

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Se les aparecieron también Elías y Moisés. Jesús se muestra como el realizador de la esperanza de los profetas (representada en Elías) y como el que lleva a plenitud la ley (dada a Moisés) por medio de la nueva alianza que Dios establece con la entrega de su Hijo.

Sobrecogido por la experiencia, Pedro siente la tentación de quedarse allí, de no seguir adelante en el camino, quiere olvidar que Jesús, “seis días antes” les  había anunciado la pasión. Quiere prolongar la visión y el gozo, por eso su propuesta ingenua y egoísta: Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas… 

images (5)Vino entonces una nube… y se oyó una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Es la misma voz que había resonado en el Bautismo de Jesús, cuando se abrieron los cielos y bajó sobre Él el Espíritu. Esta voz en el cielo responde a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Confirma la confesión de Pedro: Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, y confirma el camino de Jesús como Mesías Siervo sufriente por amor a sus hermanos, conforme a la voluntad de su Padre. Jesús Siervo es el amado del Padre. La gloria divina resplandece en Él y resplandecerá sobre todo en su cruz. 

¿Qué nos dice a nosotros hoy este pasaje tan lleno de simbolismos? Tenemos, en primer lugar el símbolo del monte. En la Biblia, el monte es el lugar de la presencia de Dios y del encuentro con Él. Moisés trata con Dios en el monte; allí Dios le entrega la Ley grabada en piedra. En un monte, el de las bienaventuranzas, Jesús proclama la esencia de su mensaje. En un monte se transfigura ante Pedro, Santiago y JuanY el Gólgota será el monte de la nueva alianza –sellada con su sangre. Para el cristiano, subir al monte significa encontrarse con Cristo. Significa también subir a una mayor intimidad con Dios, a una mayor generosidad en el compromiso cristiano, a una vida más coherente y fiel.

IMG-20160731-WA0013Como Pedro, también el cristiano puede tener la tentación de quedarse en los aspectos más agradables de su práctica cristiana y no asumir el compromiso práctico de la fe. Pero hay que bajar del monte y volver al llano donde se libra la historia de la vida y de la muerte de los hombres, guardando en el corazón la experiencia del amor del Padre, que nos sostiene.

La luz es otro símbolo importante en el relato. El mundo celeste refulge en el rostro de Cristo y resplandecerá en el de los elegidos. El cristiano contempla la gloria de Cristo y se va transformando en gloria, dice Pablo (2 Cor 3,7-16), es decir, su vida cambia. La vida de los discípulos de Jesús había quedado ensombrecida con los anuncios de su pasión, ahora en el monte se les concede la certeza de que aun la oscuridad de la muerte quedará iluminada por la resurrección de Jesucristo.

LaTransfiguracion-fondo1La nube que cubre a los discípulos se abre con la voz que dice: Este es mi Hijo amado. Escúchenlo. Su voz resuena en la vida de todos los días. La transfiguración fortalece a los discípulos. Ya sabemos a dónde va el camino: a la resurrección (vv. 9ss). El que nos llevó consigo al monte ha bajado con nosotros y permanece con nosotros. Por eso tenemos la seguridad de que mañana, el mañana de Dios, será de día.

I Domingo de Cuaresma – Mc 1, 12-15

Las Tentaciones de Jesús en el desierto  Carlos Cardó SJ

No cabe duda de que Jesús fue tentado en su realidad humana. No fue aparentemente tentado -como afirmaron algunos herejes-, sino de verdad y a lo largo de su vida, empezando por el tiempo que pasó en el desierto. Quiso someterse libremente a la tentación para estar cerca de los que son tentados.

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Fue llevado por el Espíritu al desierto. En nuestra existencia, todos atravesamos por desiertos: son las crisis inevitables de toda vida humana. Y aunque la palabra crisis mueve a temor, no hay por qué verla como catástrofe. Enfrentada y sostenida por la fe, una crisis puede ser fuente de nuevas posibilidades, de consolidación de nuestra personalidad en humildad, aunque, de hecho, siempre produzca algún desequilibrio. Pero es ineludible pasar por la prueba que purifica el corazón humano del afán de posesión y de dominio, es decir, de lo que nos aleja de los verdaderos valores que muestra Jesús en el evangelio. desierto-2En el desierto, Satanás tentó a Jesús, nos dice Marcos. Satanás (palabra aramea) significa “el que acusa”, “el que divide”, el “adversario”. Crea división entre Dios y nosotros, rompe la unidad que debe haber entre las personas y nos deja solos. Nos hace caer y nos acusa. En el “Fausto” de Goethe el espíritu diabólico se presenta como aquel que “siempre se niega” y que busca destruir lo que es y lo que está por nacer. Promueve desorden y ruptura en la creación. Las relaciones humanas se rompen. Y por eso, el No que destruye y el Sí que crea siempre están en lucha, uno contra otro.

Los cuarenta días no hay que entenderlos en sentido cronológico. Hacen referencia a los cuarenta años que pasaron los israelitas en el desierto (Dt 8,2.4), y simbolizan toda una generación, un período de experiencia particularmente intensa y decisiva.

maxresdefault¿En qué consistió la tentación de Jesús? Satanás tienta a Jesús en la forma de realizar su vocación mesiánica de salvar al mundo: no conforme a la voluntad de Dios, es decir, por el camino de un Mesías Siervo que redime con la solidaridad, la verdad, el servicio y el amor que le llevará hasta “dar la vida por todos” (10,45) muriendo en la cruz, sino “como piensan los hombres”, es decir, por el camino de un Mesías poderoso que domina y somete. Fue una tentación que acosó a Jesús a lo largo de su vida; le vino una veces de parte de los poderosos de este mundo, otras veces de parte de sus propios discípulos como Pedro, que intentó disuadir a su Maestro de subir a Jerusalén donde iba a ser crucificado y recibió de Jesús una severa reprensión: Apártate de mí Satanás -le dijo Jesús-, tú piensas como los hombres no como Dios”. Llegada la hora de la pasión, esta tentación alcanzará su intensidad suprema, que le obligará a decir: Padre, todo te es posible: Aparta de mí este cáliz (14,36).

Podríamos decir que la tentación de Jesús es la de toda persona que pretende ser hijo o hija de Dios pero viviendo a su manera; tentación de pensar como los hombres y no como Dios. Es el mal que actúa en el corazón del ser humano desde Adán.

no-nos-dejes-caerLa corta narración de Marcos concluye con una enigmática constatación: vivía entre las fieras (en convivencia pacífica) y los ángeles le servían. Se puede ver aquí una referencia implícita a Adán que, antes de pecar, vivía entre los animales, en comunión con la creación entera, sin temer ningún peligro (Gn 2,20)Jesús, viene a inaugurar los tiempos nuevos, a restablecer la armonía que había en el principio. Jesús enfrenta al mal y lo vence, dando origen al hombre nuevo, que vive en armonía consigo mismo, con sus semejantes, con la naturaleza y con Dios. Este Mesías, que atraviesa los desiertos del hombre, se revela como el Hijo, a cuyo servicio están los ángeles.

RV13176_ArticoloSuperada la prueba, Jesús inicia su predicación, proclamando la instauración del reinado de Dios. Anunciado por los profetas, el reinado de Dios, consiste en el cambio del corazón del hombre, en la transformación de toda situación de injusticia y en el cumplimiento de la esperanza. El reinado de Dios trae consigo la transformación plena de este mundo. Para acogerlo hay que convertirse: Conviértanse –dice Jesús- y crean en la Buena Noticia. Se trata de un cambio en el comportamiento personal y también en la actuación pública. La conversión a la que Jesús invita no se reduce a unas cuantas prácticas de piedad y penitencia: es la vida entera puesta al servicio del Señor y de los demás. Es acoger libre y responsablemente la Buena Noticia anunciada por Jesús. Y lo definitivo en la buena noticia de Jesús es que el ser humano alcanza su plenitud, cuando sale de sí mismo y se deja modelar por el amor divino. Nuestro compromiso en esta cuaresma lo podríamos sintetizar así: hacer con mi vida creíble el evangelio.

 

Segundo Domingo de Adviento (Ciclo B) Marcos 1, 1-8 

La buena noticia de Jesús –  Jesús es el evangelio

Carlos Cardó, SJ

images (1)Las primeras palabras del evangelio de Marcos pueden verse como el título de la obra: “Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios”; pero hay mucho más en ellas. Formulan una síntesis de la buena noticia de Jesucristo, que los capítulos siguientes irán desarrollando. En esa breve frase está el significado sustancial de la vida de Jesús y de su predicación. Se señala la actitud de fe con que debemos escuchar esa Buena Noticia y el itinerario que debemos recorrer para conocer cada vez más a Jesús y seguirlo.

slide_1Marcos llama a Jesús “el Hijo de Dios”, con ello afirma que Dios se ha manifestado en él, que Dios está en él, que procede de Dios como un hijo procede de su padre. Lo designa al mismo tiempo como el Cristo, es decir, como el Mesías, ungido por Dios para traer al mundo el anuncio gozoso de que en él la misericordia divina alcanza a los pecadores, lleva a cumplimiento la esperanza y da sentido a la vida. El evangelio es Jesús. Él es el sujeto, el protagonista de la buena noticia y, al mismo tiempo, el objeto o contenido de la misma.

images (2)Marcos nos transmite la fórmula de fe más antigua que circuló entre los primeros cristianos y que consistió en unir como un solo apelativo los sustantivos Jesús y Cristo. No la pronunciaban como dos palabras, un nombre y un atributo, sino como un solo término, de modo que el nombre Jesús pasó a connotar Cristo y viceversa. Herederos de esa tradición, los cristianos hacemos nuestra esa misma fe y confesamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Con ello aceptamos que Dios se nos ha comunicado total y definitivamente en Jesús de Nazaret, un hombre entre los hombres. Dios, por tanto, no está fuera de nuestra existencia. Sin dejar de ser Dios, ha querido formar parte de nuestra realidad humana, entrar en el tiempo, en la historia, con un cuerpo como el nuestro en este mundo. Manifestado en Jesús, Dios se ha hecho Dios-con-nosotros, se ha unido para siempre con nuestra naturaleza humana y ya no nos abandona nunca. Está, por tanto, en el interior de las situaciones en que nos encontremos.

vida-cotidianaEn esto consiste el evangelio, esta es la buena noticia. Dios no habita en un imaginario “más allá”, donde se nos escapa y adonde podemos evadirnos. Dios no está en competencia con nosotros para quitarnos nada; ni tenemos que negar nada de lo humano para afirmarlo y servirlo, excepto el pecado –el mal moral– que nos deshumaniza. Dios ha asumido verdaderamente todo lo humano. En Jesucristo se unen la esfera humana y la divina. Por eso, creer en un Dios que no tiene que ver con nuestra realidad humana plena, corporal y espiritual, personal y social, es el origen de toda alienación religiosa. Así como pensar en un ser humano capaz de prescindir de Dios en cualquier esfera de la vida, es la raíz de toda concepción idolátrica de la persona y del mundo. Separado de sus semejantes, uno no es humano, y es ateo práctico que rechaza a Dios. Ateísmo, en efecto, no es sólo negar teóricamente la existencia de Dios. Niega a Dios quien no ama. Esto es central en el cristianismo: desde el momento en que Dios, al hacerse hombre en Jesús nos hace hijos e hijas suyos, y por tanto hermanos, al amarnos entre nosotros le amamos a él. La fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, lleva a superar todo dualismo.

imagesJesús es llamado Cristo, es decir, el Mesías que Israel esperaba, y que había sido prometido a toda la humanidad por boca de los profetas: Mira, yo envío mi mensajero delante de ti para preparar tu camino (Malaquías, 3,1). En Jesús la promesa se hace realidad.

Los versículos restantes hablan de la preparación de la venida de Jesús por parte de Juan Bautista. Él anuncia la irrupción ya cercana del Reino de Dios, señala al que ha de venir y remite a sus oyentes a la actuación del Mesías que ya está en medio de su pueblo. Un mundo viejo termina y uno nuevo está por nacer. Juan está en el umbral, señala la entrada que consiste en la conversión o cambio de mente y actitudes. La salvación requiere nuestra participación. Cuando uno escucha el evangelio, toma conciencia de la situación en que se encuentra y procura cambiarla.

Que la buena noticia de Jesús se convierta en la orientación fundamental de nuestra vida. Y que realicemos nuestro peregrinaje de Adviento hacia su próxima venida mostrando la humildad y entrega de que nos dio ejemplo su precursor Juan Bautist

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